Recuerdo que la primera vez que estuve solo en casa, vi una flor en el jardín que desprendía un aroma tan extraño que no pude evitar acercarme más. El olor me envolvía y me hacía sentir raro, pero a la vez curioso, así que seguí oliéndola una y otra vez. Cada vez que lo hacía, sentía como si algo dentro de mí se desvaneciera y me dejara más liviano. No podía dejar de olerla, como si no tuviera fin. Estuve horas en el jardín, sin darme cuenta del paso del tiempo, hasta que al final me sentí completamente agotado, pero satisfecho. Era como si me hubiera liberado de algo, aunque no sabía exactamente de qué.
