Despertar y existir no siempre se dan la mano; uno respira o simplemente aguanta. Desde que abrí los ojos he tenido privilegios que otros ni sueñan: un colchón decente, agua caliente en la ducha, un curro que paga las facturas y amigos que no me fallan. No tengo derecho a quejarme, pedir más sería de egoísta redomado y tendría que acordarme de los que lo pasan peor. Cuando pienso en ellos me invade una pena que dura lo que un suspiro, porque al rato estoy eligiendo qué camisa ponerme y desayunando café con leche. No me creo un tío empático, y eso me jode, pero forzarme a sufrir por los demás me parece teatro barato; ¿está mal reconocerlo? Me lo pregunto cada mañana, aunque sé que no voy a mutar de golpe. Cambiar mi forma de ver el mundo implica admitir que estoy equivocado, y eso no me cuesta tanto: detesto creerme en posesión de la verdad absoluta, porque eso me convertiría en un cerril peor que un votante ciego de cualquier político de turno. Lo que intento decir es que me da pereza fingir compasión cuando no me toca a mí el dolor, y eso me hace sentir un poco mierda. ¿Hasta dónde llega esa indiferencia? No me veo como un cabrón; al revés, me mola echar una mano, aunque a veces dudo si lo hago porque de verdad me llena o porque desde crío me machacaron con que ser solidario es lo correcto. Quienes aprenden a querer bajo órdenes acaban en líos sentimentales chungos, y eso me hace pensar si no seré yo —y todos— marionetas de lo que nos metieron en la cabeza. Es jodido aceptar que mis emociones puedan ser solo eco de lo que un profe, un padre o la tele me repitieron mil veces. ¿Hasta cuándo dura ese mando a distancia sobre mis pensamientos? Eso jamás lo sabré.

