Desde pequeño siempre me he sentido fuera de lugar. En el instituto veía cómo los demás encontraban su grupo, su sitio, sus risas fáciles… y yo solo encontraba silencio. Con el paso de los años intenté adaptarme, fingir interés en lo que a otros les apasionaba, pero me resultaba imposible. Me cansé de hablar de cosas que no me llenan, de conversaciones vacías que solo sirven para pasar el rato. Ahora tengo 26 años y me paso los días trabajando, sin apenas hablar con nadie. La soledad se ha convertido en rutina y la rutina en una especie de prisión silenciosa. Intento llenar los huecos con la lectura o saliendo a caminar, pero cada vez me cuesta más encontrar sentido a lo que hago. A veces pienso que me estoy desconectando poco a poco del mundo, que mi forma de ver la vida no encaja con la de los demás. Y lo peor es que empiezo a aceptar esa idea como si fuera lo normal.

