Desde pequeña siempre fui muy curiosa sobre mi cuerpo y lo que me gustaba. Crecí en una escuela muy tradicional y, aunque siempre fui reservada, llegó un momento en que la curiosidad empezó a superarme. Empecé a leer sobre sexualidad, a ver vídeos y a hablar con chicos por internet. Mi primer beso virtual fue con alguien mayor que yo, y me sentí tan liberada compartiendo todo esto con mis ‘amigas’. Pero todo cambió cuando empecé a contarles lo que hacía. Primero me miraron raro, luego me hacían comentarios crueles, me llamaban ‘promiscua’ y ‘chalada’. Se empezó a correr el rumor y poco a poco me fui quedando sola, excluida de sus planes. Llegué a sentirme rechazada por mi propio deseo y mi forma de expresarme, pero lo peor es que la soledad no me ayudó a cambiar, al contrario, me hizo más consciente de lo que me faltaba. Ahora, aunque no tengo muchas amistades, no me arrepiento de lo que siento y soy más libre que nunca, aunque sea en solitario.

