Cuando era pequeño, mi tío siempre me decía que el viejo espejo del desván era peligroso: “No lo mires después de la medianoche, o verás cosas que no deberías.” Yo, movido por la curiosidad, ignoré su advertencia. Una noche, subí al desván y me acerqué al espejo. Al principio solo reflejaba mi imagen, pero pronto noté que detrás de mí había sombras que no reconocía. Una voz suave, pero inquietante, murmuró mi nombre. Me giré y vi una figura oscura intentando salir del espejo, con ojos que parecían vacíos. Corrí escaleras abajo, y desde entonces, cada vez que paso por el desván, siento que alguien me observa desde aquel espejo, y a veces escucho susurros que me llaman por mi nombre. Aún hoy, el miedo que sentí esa noche sigue grabado en mi memoria.

