Quiero aclarar de entrada que hay hombres de todo pelaje, cada uno único, y que esto no es un ataque personal; puedes ser un tío cojonudo y aun así no pedir indicaciones. Pero es algo que creo que muchas mujeres habrán notado: entras en una tienda grande, un hombre está perdido entre pasillos, mirando el plano como si fuera un jeroglífico egipcio. Tú le preguntas si necesita ayuda, y él te suelta toda la historia: busca un destornillador de estrella, ha dado tres vueltas al departamento de bricolaje, ha preguntado a un dependiente que parecía más perdido que él. Le das pistas (está en el pasillo 7, al fondo a la izquierda), y él te agradece con entusiasmo, hasta te cuenta que está montando un mueble de IKEA que lleva tres días dándole guerra. Pero en cuanto terminas de orientarle, pasa una de dos: o se queda ahí plantado, ofreciendo más detalles sobre el maldito mueble (que si los tornillos no encajan, que si el manual está en sueco), o se produce un silencio sepulcral y él mira al techo como esperando que baje un ángel con el destornillador. La opción obvia, que sería preguntarte ‘¿y tú qué estás buscando?’, parece no entrar en su radar, o si entra, se queda en modo borrador. Si alguien dice que a lo mejor no le interesa qué compro yo: a mí tampoco me interesa tu odisea con el armario, Manolo, solo estoy siendo amable, que es el pegamento de la civilización. Fingir curiosidad es lubricante social. Hombres, responded con franqueza: ¿os habéis dado cuenta de esto alguna vez? ¿Os lo han reprochado? ¿Habéis estado en una tienda donde la mujer no llevara el peso de la orientación?

