Hace tres años tenía un círculo de amigos con los que cada tarde terminaba en la cafetería del barrio. Compartíamos planes, confidencias y risas que parecían interminables. Con el tiempo, las obligaciones laborales y las metas personales fueron imponiéndose: estudios, un nuevo empleo, una relación estable. Las conversaciones se volvieron escasas y, cuando aparecían, pasaban rápido sin la chispa de antes. Ahora, al verlos, siento que ya no encajo; no porque ya no les quiera, sino porque he cambiado y nuestras miradas se han desvíado. Empiezo a preguntarme si el vínculo se deshilachó o si, simplemente, necesitamos crear una nueva forma de estar juntos. ¿Qué significa pertenecer cuando cada uno se ha tornado un mundo aparte? Tal vez necesite nuevos puentes, o tal vez aprender a construirlos desde cero, con paciencia y honestidad. Estoy decidida a descubrir si aún cabe la posibilidad de volver a sentir ese abrazo de familia elegida, o si debo aceptar una ruptura amistosa como un capítulo necesario para seguir creciendo.

